Posted On 01/10/2013 By In Belmonte, 100 años de alternativa With 1520 Views

Buen hacer o suerte

Belmonte,100 años de alternativa

Belmonte entradilla

Relatos sobre las anécdotas que se recogen en el libro “Juan Belmonte, matador de toros” del autor Manuel Chaves Nogales.

 

 

Aquel 1914 se recordará por la corrida del 2 de mayo en Madrid, Belmonte alternaba nada más y nada menos que con Rafael «el gallo» y Joselito «el gallo». El público estaba entusiasmado, la expectación era máxima y la muchedumbre vociferaba y estaba inquieta. Los precios variaban entre 8 y 10 Ptas. algún aficionado había pagado hasta 8 y 10 duros.

Todo transcurrió con una cierta normalidad hasta que saltó el quinto que le tocaba a Joselito, el cual, desde el primer capotazo hasta que lo mató hizo una faena en la que no se podía pedir más, Joselito dio dos o tres vueltas al ruedo y la gente no se cansaba de aplaudirle obligándole al saludo en medio de la plaza miles de veces.

Mientras esta locura se desataba, Belmonte esperaba su turno sentado en el estribo ensimismado con la cara seria, como meditando la forma de superar aquella faenan que Joselito acababa de realizar, y nada más lejos de la realidad, Belmonte estaba mirando un pelo que había sobrepasado la media de seda y pensando que si lograba meterlo dentro de la media, su faena sería rotunda, cosas de la superstición.

Salió el sexto y último, la sensación que Belmonte tuvo, desde el primer capotazo, la de estar jugando con aquel animal, el toro estaba sujeto a él y él al toro, Belmonte se sintió envuelto en el toro, fundido con él,  nunca había toreado tanto ni tan a gusto, su traje estaba lleno de pelos del toro. Se dijo que solo aquel día jamás nadie había toreado como Belmonte.

Así lo contó al día siguiente Don Modesto en el Liberal:

El Liberal,
3 de Mayo de 1914,
Primer enfrentamiento en Madrid entre Belmonte y Joselito.
Crítica de Don Modesto.

 

Seis de Contreras. Gallo-Joselito-Belmonte

¡1874! – ¡1914!

Si no me engaña la memoria, la Plaza de Toros de Madrid se inauguró en un día de junio de 1874. Han transcurrido, pues, cuarenta años o yo no sé nada de aritmética elemental.

Bueno; pues en esos cuarenta años, lo juro por la gloria de mis abuelos y por mi honor de hidalgo castellano, no se ha realizado una faena de muleta tan enorme, tan formidable, tan monstruosa, tan… increíble como la que realizó ayer, 2 de mayo de 1914, á las seis y veinte minutos de su tarde, Juan Belmonte, torero, natural de Sevilla, barrio de Triana, conforme se entra á mano derecha, que es el lado donde este fenómeno de la tauromaquia debe tener colocado el corazón, porque si lo tuviera en el izquierdo, como le tenemos todos, no rebasaría la línea de lo natural.
Y Belmonte, que es muy feo, dicho sea sin ánimo de ofender, en estos supremos momentos de la lidia -de su lidia, no de la lidia vulgar y corriente- se transfigura hasta alcanzar el grado mayor de belleza, que pudiera concebir la imaginación de Fidias y Praxíteles.
¡1874! – ¡1914!
He aquí dos fechas que se grabarán con caracteres de fuego en la memoria de la afición.
Y fue á las seis y veinte de la tarde.
Aún vibran en la atmósfera los estridentes alaridos de la muchedumbre, embriagada. El mismo sol, que se hundía en aquel momento en el horizonte, abrió los ojos, para contemplar unos segundos de la inenarrable faena belmontina, y se detuvo.
Por eso, advertirán ustedes que en la Plaza había luz, mucha luz, y por eso verían que todos los rostros, congestionados por la emoción, parecían que iban á reventar.
¡Un asombro!
¡Lo que no se había visto nunca!
La faena de muleta -luego les diré á ustedes cómo fue- realizada por Juan Belmonte en la Plaza de Toros de Madrid el 2 de mayo de 1914, á las seis y veinte de la tarde, es la faena más grande que se ha hecho desde que existe la lidia de reses bravas.
Lo afirmo, lo proclamo y lo juro, con la mano puesta sobre el corazón y en el pleno uso de mis facultades mentales.
Y para que conste, requiero la intervención profesional de todo el Colegio de Notarios de Madrid, con su ilustre decano, el respetable Sr. Don Bruno Pascual Ruilópez, á la cabeza.
Y si miento, exagero ó me equivoco, que me fusilen por la espalda sin oírme.
¡Jesús, María y José!

¡Expectación!

¡En mi larga vida profesional no he conocido una más intensa conmoción del entusiasmo público!
Ayer -primer encuentro de Joselito y Belmonte en el ruedo madrileño- ha sido el día indudablemente, en que ha alcanzado mayor grado de efervescencia la afición á los toros.
No quedaba en los despachos, ni en mano de los revendedores, ni una sola localidad y, sin embargo, en las calles céntricas, en los cafés, en los círculos, se cotizaban los billetes á precios fabulosos. En un casino, un socio vendió á un compañero, en treinta y cinco duros, una contrabarrera de sombra.
A diez y doce duros fueron muchos los tendidos que cambiaron de dueño.
Y aún así, pasó de tres mil el número de aficionados que no pudo entrar en la Plaza.
¿Ha existido jamás una tan extraordinaria expectación? Yo no lo recuerdo. Y sí recuerdo grandes acontecimientos taurinos, en los que la fiebre de la muchedumbre se elevó á considerable altura.
La enorme ansiedad que el encuentro de Joselito y Belmonte provocaba se extendió á las principales capitales de España, y de Barcelona, Sevilla y Valencia viajaron muchos aficionados para presenciar la lucha. En Sevilla era tan honda la conmoción popular, que varios periódicos anunciaron al público que en los transparentes de sus balcones irían dando los telefonemas, con la reseña de la corrida, conforme se fueran recibiendo.
A las tres y media de la tarde no se podía circular por la calle de Alcalá. Centenares de coches, autos y tranvías caminaban lentamente, porque la aglomeración les impedía acelerar la marcha.
Se hablaba de coche á coche, se gesticulaba. En los ojos de la multitud brotaba el entusiasmo. Los gritos ensordecían. El padre Febo, benévolo y sonriente, templaba la atmósfera con sus mejores rayos.

¡Joselito!
¡Belmonte!
¡El Gallo!

¡Paso á las humanas olas,
que, cual creciente avenida,
van buscando en la corrida
emociones españolas!

Las flores de sus corolas
vierten fragantes tesoros;
canta el pueblo patrios coros,
y el sol con su luz nos baña.
¡Plaza al valor! ¡Viva España!
¡A los toros! ¡A los toros!

Joselito I, el Sabio

Hemos de reconocer, y entro ya en el terreno de las apreciaciones, que el público no acogió con buena cara al famoso Joselito.
Soy acérrimo enemigo de las injustificadas prevenciones contra cualquier luchador, y cuando ellas recaen en uno que, por sus excepcionales condiciones, debería ser siempre acogido con aplausos, mucho más.
Joselito, con sus diecinueve años, ha conquistado en honrosa lid el entorchado de capitán general, y si esto no le puede servir de vacuna preventiva para aislarle de toda protesta, cuando por su conducta en el redondel se haga acreedor á ellas, sí, creo yo, que debería facilitarle fácil acceso en la estimación pública, pues, con tan corto número de años, nadie, desde que el toreo existe, ha llegado á catedrático de los que saben y pueden enseñar.
Yo no sé á qué obedece a esa extraña actitud de las gentes para con un torero de tan singulares merecimientos, aunque me sospecho que la labor que alrededor de los muchachos realizan sus fervientes é incondicionales admiradores pudiera ser la causa de ello. Se habla mucho, se murmura de largo y se comentan con calor y apasionamiento ciertas campañas que dicen que hacen unos contra otros, y aunque el buen público ignora á qué míseros teje manejes se dedican los difamadores, lo cierto es que á la superficie suben ciertas misteriosas burbujillas que acusan suciedad en el fondo. ¡Y es lástima que tal cosa suceda con inteligentes lidiadores, que no necesitan de tan malas artes para triunfar. Y conste que no aludo a Joselito ni aludo a Belmonte. Hablo en términos generales, para lamentar y condenar los procedimientos empleados.
Ayer, Joselito traía ganas de pelea. Está en la fuerza de la vida, y su sangre joven se enardece en cuanto los clarines anuncian el principio del espectáculo.
Como puede mucho y sabe mucho, no es torero á quien deslumbra fácilmente el centelleo de una ovación. El sabe que no concluirá la fiesta sin que la ovación estalle, y aguarda el momento oportuno para provocarla.
En el primer toro que estoqueó, sobrado de facultades y dominando la situación, hizo una faena aceptable; pero no todo lo apretada que el concurso hubiese deseado y al herir, con el brazo suelto, le arqueó hábilmente, para dar con la muleta excesiva salida.
El entendió que la condiciones del bruto no le invitaban á grandes lucimientos y se deshizo de él decorosamente.
Pero salió el quinto, y aquí el muchacho que apreció sus buenas cualidades, puso cátedra de toreo y arrancó al concurso una de las ovaciones más formidables que se han oído en la Plaza de Toros de Madrid.
Con las banderillas, después de intentar el quiebro, que no pudo dar, porque el bicho no se le arrancaba, metió cuatro pares superiores, especialmente el último, puesto de dentro á fuera y en terreno tan apretado, que tuvo que subirse en el estribo para engendrar el arranque. ¡Colosal!
Requirió luego espada y muleta, y solo, en los tercios del 3, trasteó á su enemigo, ceñido, inteligente, con pases de todas las marcas y todos los estilos. El cornúpeto obedecía al espada como inocente corderillo.
Citó a recibir dos veces, alargando mucho el engaño y aguantando a pie firme; pero el bruto no le acudió. Y, al fin, en corto y al volapié, metió una media, en la misma cruz, que hizo doblar.
Faena de un gran torero, de un inconmensurable torero, que sabe aprovechar las ocasiones y que se fuma las brevas cuando alguna cae en el cesto, como ninguno.
El público enloquece con la maravillosa labor de este niño maravilloso, y un clamoreo general pidió la oreja para el muchacho.
El presidente vaciló algunos instantes y accedió al fin. ¿No habíamos quedado en que ya no se iban a cortar más orejas en la Plaza de Toros de Madrid?
¿Ve usted, amigo Hache, cómo contra el público no se puede ir?
¡Joselito I, el Sabio!
No quito ni una letra. Un torero tan largo como Guerrita, y quién sabe si más.
Si éste logra al torear que la emoción del público no desaparezca, como desaparecería cuando toreaba el Guerra, sólo Dios sabe á dónde podrá llegar Joselito.
-¿Quién borra la hermosísima lidia del quinto toro?
-¿Quién?.. Aguarde usted un momento…

Lo inenarrable

Salió el último, negro, gordo, fino, bien puesto de alfileres, un poquillo apretados.
Belmonte corrió á su encuentro y se abrió de capa.
Siete lances estupendos, tres de ellos sin enmendarse. Cogiendo al bruto, empapado en el percal, metiéndole en el estomago y sacándole con un artístico movimiento de brazos. ¿Y los pies? Como si se los hubiesen cortado por encima de los tobillos. ¡Qué manera de parar! ¡Qué modo de jugar las muñecas!
Rugió el público. Belmonte seguía toreando, cada vez más metido dentro del toro. Terminó, al fin, con un recorte espeluznante.
Caballeros, permítanme ustedes que les diga, sombrero en mano, y con todos los respetos que ustedes merecen.., que eso, eso es torear.
Hagamos caso omiso de la centelleante ovación al intrépido trianero, porque se me van á concluir los adjetivos y aún hay mucha tela que cortar.
Y, medianamente banderilleado el de Contreras por dos apreciables muchachos, sonaron los clarines, y Belmonte mandó retirar á todos y se dirigió al bruto, que se había emplazado en medio del redondel.
Un paso ayudado por alto, formidable; uno natural, girando sobre los talones, estupendo; un molinete, otro, luego dos o tres pases de rodillas, siempre pasándose al toro entero por delante del pecho y siempre con los pies clavados en la arena, como si tuviera tornillos. Cada muletazo era una explosión. La multitud, congestionada, se había puesto en pie, ya ronca de gritar, y el trianero, impávido, frío, como si nada fuera con él, seguía muleteando entre los pitones, arrodillado antes de citar y levantándose ya con el pase rematado. En dos molinetes crujieron los huesos del toro como si hubieran sido de cristal. Luego, agarrado á un pitón, tiró de él con la derecha, para meter la cabeza del bicho en el engaño.
Se irguió el arrogante y dió un pase natural, que hizo que se me saltaran las lagrimas. No vi nada más hermoso, más artístico ni más valiente…
Entonces fue cuando el sol se detuvo en su descenso. Y se le cayó la baba, ¡vaya si se le cayó! Como que cosa más grande no habrá visto desde que alumbra al mundo.
Pinchó el trianero tres veces en lo alto. ¡Por qué no pincharía trescientas! Porque después de cada pinchazo reanudaba la faenita aquélla, que sólo se vió ayer en la Plaza de Madrid des que el toreo existe.
Una corta, un poco desprendida, dió con el cornúpeto en tierra.
El toro le había matado Belmonte con la muleta.
Renuncio á describir el delirio de la multitud. No me sería posible. Hay cosas en la vida que no se pueden contar. Hay que verlas, para apreciarlas.
Y una de ellas es la faena de muleta que hizo ayer Belmonte con el último toro de la tarde.
Se pidió la oreja y el presidente vaciló unos segundos y no la concedió.
¡Hizo bien!
Es poco galardón el de la oreja para una faena así. La cabeza del toro aún me parecería poco.
¿Fenómeno?
Sí, señores. Lo dije el primer dia que le ví torear y ahora, un poco engallado por mi acierto, lo repito.
Sus detractores aseguraban que con becerros solamente hacía Belmonte cosas fenomenales. ¡Infelices!
Sí, señores… ¡FENÓMENO!
Dos líneas para concluir.
El Gallo tuvo una tarde muy mediana. Toreó muy cerca á sus dos toros; pero como siempre por la cara. Con el estoque, sin pasar el fielato.
Los toros de Contreras, bien presentados y de bonita lámina; pero de escasa bravura. Cumplieron a duras penas con los picadores.
La entrada… que se lo pregunten al empresario.

¡Resumen!

¡Belmonte!
¡Joselito!
Joselito es sencillamente colosal. Sus faenas en el quinto toro igualaron á las más grandes de Lagartijo, Frascuelo, Guerra y Bombita. ¡La quintaesencia de la sabiduría al servicio de una voluntad que se movía á impulsos del pundonor y la vergüenza! ¿He dicho algo?

Lo de Belmonte no tiene precedentes en la historia de la tauromaquia. La faena más grande que se ha hecho desde que el toro existe.
¿Fue un sueño? ¿Una quimera? ¿Una alucinación?
Sí, eso fue. La trágica alucinación de un cerebro enfermo.

DON MODESTO

 

Aquel año toreó 159 toros por toda la geografía española recibiendo además alguna que otra cornada, cuando terminó la temporada decidió olvidarse de todo aquel mundillo y para ello se fue a vivir a Madrid ya que tampoco podía hacer una vida normal en Triana debido a su popularidad.

El descanso era merecido y su integridad física a salvo, gracias a las vendas sucias y viejas que su mozo de espadas Antoñito le ponía cada día de corrida, pensando que eran las vendas de la suerte, así aquel glorioso 2 de mayo el triunfo se le pudo atribuir a las vendas aunque al día siguiente Belmonte sufriese una cogida y al ser conducido a la enfermería se volvió y le grito: «¡Antoñito!» ¡mira para lo que sirven tus cochinas vendas!, o a las graves supersticiones de Juan Manuel, su apoderado, que con su horroroso sombrero de la suerte y un colgante con una  tortuguilla, que debía tocar mientras transcurría la lidia, se paseaba por todas las plazas donde toreaban. Un día perdió el colgante y se tapó la cara durante toda la lidia hasta que oyó a la gente gritar por la cogida del maestro. También salvó la vida de Belmonte deshaciéndose de unas estatuillas de yeso que le regalaron y que decía que traían mal fario, se las regaló a un belga al que le cayeron muchas calamidades.

Pues gracias al buen hacer del torero o a las supersticiones de sus allegados aquel 1914 acabó con gloria que pena.

Belmonte vistiéndose de luces en el hotel

Cap.1.- Primera heroicidad

Cap.2.- Cazador de leones

Cap.3.- Ha nacido un torero

Cap.4.- Una verdad revelada

Cap.5.- El segundo de La Tablada

Cap.6.- El que para, manda

Cap.7.- Un “Tancredo”, veintitrés reales

Cap.8.- Juan “Er der Monte”

Cap.9.- Los panecillos de Elvas

Cap.10.- Rios de sopa y montañas de pescado

Cap.11.- El Cambiazo

Cap.12.- Aún hay justicia en la tierra

Cap.13.- Llegó el amor y Sevilla

Cap.14.- ¡Mátame,asesino,mátame!

Cap.15.- A Valencia con amor

Cap.16.- Estaba decidido, aquella tarde moriría

Cap.17.- El melonero de Triana

Cap.18.- ¡Viva Belmonte!

Cap.19.- El peor percance de mi vida taurina

Cap.20.- Madrid estaba conquistado

Cap.21.- ¡Cinco dias sin dormir y toreando!

Cap.22.- Valle Inclán y amigos

Cap.23.- La Alternativa

Cap.24.- De vuelta a España

Cap.25.- Gallistas&Belmontistas

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