Posted On 30/10/2013 By In Belmonte, 100 años de alternativa With 1497 Views

Lima-Venezuela-Cuba-Argentina

Belmonte 100 años de alternativa

Belmonte entradilla

Relatos sobre las anécdotas que se recogen en el libro “Juan Belmonte, matador de toros” del autor Manuel Chaves Nogales.

 

 

Belmonte estaba locamente enamorado y por ello no le pasaba por la cabeza irse de Lima a ninguna parte y consideraba que Triana se encontraba en las antípodas, cosa que a sus banderilleros les llevaba a pensar que Belmonte se estaba volviendo loco.

Se acaba la temporada Limeña y no les quedaba más remedio que marchar a Venezuela, era necesario pasar por Panamá, por lo que aprovechan para organizar una corrida con picadores, considerando que en Panamá no se picaba, podría tener un gran éxito la corrida picada. Había un gran inconveniente, que era la falta de caballos para realizar el primer tercio.

Por otro lado Belmonte debía dejar resuelto el tema del enamoramiento por lo que pensó en fugarse con su amada montados ambos a caballo, el problema era que en Lima Belmonte no tenía caballo. Otro problema a resolver era la fobia que sufría a las ceremonias en general, bodas, bautizos, entierros, recepciones, etc… La solución la encontró cuando se enteró que se podía casar por poderes y así mientras, Belmonte toreaba en Venezuela, otra persona se casaba en Lima con su amada, de esta forma eludía pasar el mal trago.

Volviendo a Panamá, el problema de la falta de caballo para realizar el primer tercio se resolvió finalmente pidiéndole al conserje de la plaza de toros de Panamá que les prestasen dos jacos que tenía para el reparto de leche, que era una forma de ingresos paralela a la de conserje que aquel hombre tenía. El hombre después de escuchar las lindezas que le soltaron sobre el buen hacer de los picadores y que sus caballos no sufrirían ningún percance, accedió al préstamo de los jacos, con gran tristeza y en especial por su amado «pabilo». Nada más salir el primero de la tarde  despanzurró a “Pabilo” y este al sentirse herido corrió saliéndose de la plaza recorriendo las casas que a diario visitaba con el reparto de leche; con las tripas colgando la estampa era desagradable y el pobre conserje quería matar a los toreros pasándose la noche lloriqueando «¡Ay, mi «Pabilo»!

De Panamá a Venezuela en barco y con la cuadrilla sumida en una morriña enfermiza que hacía que aquellos hombres estuvieran pensando en su Triana y su Sevilla constantemente,  Belmonte, muy al contrario, en su estado de enamoramiento no tenía más pensamientos que hacia su amada. Llegaron a Puerto Cabello (Venezuela) donde eran esperados por el mayor de los admiradores de Belmonte que existían en aquellas tierras Venezolanas, era el mismísimo presidente de la república Juan Vicente Gómez que poseía una hacienda en el campo con miles de cabezas de ganado, para carne que, vendía para consumo en Estados Unidos.

Aquel hombre se pasaba todos los días en su hacienda con sus dos hijos y de la capital venían los ministros a despachar los asuntos de estado, Belmonte hacia lo propio, desplazándose a Caracas los fines de semana para torear y por la semana pasaba los días realizando tareas propias de la hacienda, apartando las reses y toreando todas aquellas que salían bravas.

El Gral. Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela, en compañía de su hijo Florencio Gómez Núñez, el día de la inauguración de la Maestranza de Maracay. 20 de enero de 1933. (Archivo: Hnos. Dupouy Gómez).

El Gral. Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela, en compañía de su hijo Florencio Gómez Núñez, el día de la inauguración de la Maestranza de Maracay. 20 de enero de 1933. (Archivo: Hnos. Dupouy Gómez).

El presidente disfrutaba enormemente viendo como sus hijos y Belmonte toreaban y montaban a caballo, llegó aquel hombre a apreciar tanto al maestro que quiso regalarle unas tierras para que se pudiera afincar allí a lo que Belmonte no accedió.

Llegó el momento de partir hacia Panamá donde se encontraría de nuevo con su amada pero por aquellas fechas los alemanes habían atacado unos buques americanos y no había barcos para el transporte, entonces el presidente de Venezuela quiso fletar un buque de guerra para llevar a Belmonte y la cuadrilla, pero a Belmonte aquello le pareció excesivo y desde Guaira partieron hacia Panamá en un buque Español sin antes pasar por Puerto Rico y Cuba.

En Cuba estaban prohibidas las corridas de toros y la presidenta de la Protectora Animales era una autentica pesadilla para Belmonte ya que en cuanto se enteraba de la llegada del torero español ponía todos los medios a su alcance para realizar una vigilancia estrecha y férrea hacia la persona del maestro, no lo dejaban ni a sol ni a sombra.

Aquella ultima vez, la llegada de Belmonte pasó desapercibida para la protectora de animales y su presidenta, pero en su defecto, se enteró un Asturiano muy aficionado a los toros y cuyo sueño era ver torear a Belmonte, aquel químico con una posición social destacada tenía todo preparado para torear en la placita de la Habana unos novillos que iban para el matadero y que de seguro alguno saldría bravo, pero la mañana siguiente otro inconveniente surgió ya que el buque donde zarpaban los toreros salía a primera hora de la tarde y la plaza se encontraba un poco lejos por lo que Belmonte podría perder el barco, la solución del químico Asturiano fue llevarse a torear al capitán aunque el pobre hombre muchas ganas no tenía.

Belmonte toreó aquellos novillos mansotes junto con aquel hombre el cual lloraba y se revolcaba por el suelo de la alegría que tenía al verse toreando junto a Belmonte, tres horas más tarde de la hora establecida para la salida y con el capitán hecho una furia, zarpó el barco mientras en el muelle el Asturiano loco de alegría gritaba:»He visto torear a Belmonte».

Ya en Panamá, la cuadrilla salió hacia España mientras Belmonte y su mozo Antoñito quedaron a la espera de la llegada de Lima de la esposa del maestro. ¡Qué pena tan grande tuvo Antoñito cuando le dijeron que debía ir solo de vuelta para España! no dejaba de pedirle a Belmonte que no le dejara ir solo -Mira que yo no sé volver; mira que yo me muro aquí sin dar con el camino de España.

Llorando como un bebe dejaron a Antoñito, Belmonte y esposa, en el puerto de Panamá. Antoñito con unos ahorros que tenía, había comprado unos diamantes, los que regaló a la mujer del maestro como regalo de bodas, total para que los quería él, si no saldría vivo de allí…lloraba desconsoladamente.

Una vez solos, la pareja fue al puerto a preguntar por el primer barco que salía y, por casualidades de la vida, dos eran los buques que salían a la misma hora, uno hacia China y el otro hacia Argentina; una moneda fue la encargada de decidir el viaje de bodas…tres días mas tarde estaban en Buenos aires.

Mapa Viaje Belmonte Venezuela

Cap.1.- Primera heroicidad

Cap.2.- Cazador de leones

Cap.3.- Ha nacido un torero

Cap.4.- Una verdad revelada

Cap.5.- El segundo de La Tablada

Cap.6.- El que para, manda

Cap.7.- Un “Tancredo”, veintitrés reales

Cap.8.- Juan “Er der Monte”

Cap.9.- Los panecillos de Elvas

Cap.10.- Rios de sopa y montañas de pescado

Cap.11.- El Cambiazo

Cap.12.- Aún hay justicia en la tierra

Cap.13.- Llegó el amor y Sevilla

Cap.14.- ¡Mátame,asesino,mátame!

Cap.15.- A Valencia con amor

Cap.16.- Estaba decidido, aquella tarde moriría

Cap.17.- El melonero de Triana

Cap.18.- ¡Viva Belmonte!

Cap.19.- El peor percance de mi vida taurina

Cap.20.- Madrid estaba conquistado

Cap.21.- ¡Cinco dias sin dormir y toreando!

Cap.22.- Valle Inclán y amigos

Cap.23.- La Alternativa

Cap.24.- De vuelta a España

Cap.25.- Gallistas&Belmontistas

Cap.26.- Buen hacer o buena suerte

Cap.27.- Belmonte y el miedo

Cap.28.- España-Lima-Amor

 

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