Posted On 16/01/2012 By In Reportajes With 1262 Views

Un toro en San Roque

El título de esta historia, la verdad, no tiene nada de raro, y es más, da pie a pensar en una crónica taurina de un día de toros en las fiestas de la Peregrina, pero… la verdad es que de crónica taurina tiene mucho y de espectáculo en el coso de san Roque poco.
Toda esta historia podría comenzar perfectamente allá por el año 1893, cuando el 2 de Julio se celebró la primera corrida de toros de las fiestas de la Peregrina, organizada por el comercio Pontevedrés a beneficio de los pobres, al final de tal evento se soltaron unos novillos para ser corridos por los aficionados, uno de ellos salto al callejón y la peripecia del cornúpeto dio con sus huesos en la ría y pasó al municipio vecino de Poyo donde lo capturaron. Pero este no es el caso y la anécdota de ese año no es la que hoy nos ocupa.  (VER CRÓNICA DE 1893)

Debemos avanzar en el tiempo, aproximadamente sobre el año 1940, y nos encontraremos con el suceso que un día de verano en el campo de San Roque sucedió y que nos da a conocer el poeta y escritor Pontevedrés Sabino Torres Ferrer en la revista de la Asociación de vecinos de San Roque en el año 2004 y que así dice:
“La tarde calurosa invitaba al paseo bajo los plátanos de sombra, los viejos robles, los olorosos tilos… La sociedad Pontevedresa acababa el día paseando lentamente por la Alameda, bajo la sombra y la caricia de la brisa que traía el viento del sur, desde el mar, por el camino hermoso de la ría. Todavía no la había dañado la turbadora mano del hombre y en el ocaso del sol, que se enterraba en el mar, por detrás de la isla de Tambo, brillaban las arenas limpias de las playas que bordeaban las aguas azules. La Puntada, Lourido, Cocheras, Los Placeres, eran playas familiares, en donde se bañaban los Pontevedreses, en los años 40.
Cada uno en la demarcación de su paseo, como mandaba la vieja tradición, los problemas, el cotidiano quehacer, se iban desgranando, según las categorías sociales, con la información de los acontecimientos, porque aquellos paseos eran el mentidero, la tertulia; Matar el tiempo libre comentando el paso de los días, tan cargados de acontecimientos.

El Café de “Luis” y el del “Barbas” –los niños le llamábamos así al que se instalaba en una solida construcción, de un estilo modernista- abarrotados de público, seguían el mismo juego de los paseantes, sin atender demasiado a la banda de música que amenizaba el paseo.
Al margen de esta fiesta del atardecer, una carroza, que tiraba dos fuertes mulas, avanzaba con su carga, por la calle Alameda, camino de la plaza de toros. Dos cajones donde se transportaban los toros, llenaban la plataforma. En el pescante también vencido por el calor de la tarde, parecía dormitar, Antonio, que servidor del viejo Felipe Fernández, aun cuando sostenía con mano firme las riendas de la pareja de mulas.

La carroza ya había superado la confluencia de la calle Echegaray e iniciaba la suave cuesta que terminaba en el paso a nivel, del Campo de San Roque. Los Pontevedreses sabían que estaba próxima la llegada del rápido de Santiago y como era costumbre, muchos detenían el paseo para verlo pasar con su airado penacho de humo, desde la balconada de la Alameda, que llegaba escandalizando con su jubiloso silbido, por la proximidad de la estación.
Algo asustó a las mulas que llevaba con mano firme, Antonio, el servidor de Felipe, que desoyendo sus gritos, iniciaron una carrera hacia el paso a nivel como si quisieran superarlo antes que el tren llegase y del que ya se oía su jubiloso silbar. Tal vez tenían prisa y no querían esperar el paso del rápido, cortados por la pesada cadena que llevaba como si tal nada, la “Bujía”, nombre que daban a la guardesa del paso a nivel, intentando cerrarlo.

Paso a nivel del Campo de San Roque.Pontevedra año 1940-50

Cruce ferroviario Reina Victoria Pontevedra

La impetuosa embestida de la carroza, contra la posible barrera de la cadena que sostenía la “Bujía”, hizo que esta la soltara dejando paso libre, que por la velocidad, las vías del tren y el freno de Antonio, la carroza al girar hacia la derecha, volcó mientras el rápido de Santiago ya asomaba por el paso a nivel y la “Bujía”, después de enganchar la cadena que cerraba el paso, levantaba orgullosa la bandera que los guardeses llevaban siempre plegada, creemos que indicando al maquinista, que todo iba bien.
Los cajones que transportaba sobre la plataforma la carroza de Felipe, fueron lanzados al campo de San Roque en donde un grupo de niños jugaba a la pelota. De uno de los cajones, corrida una de las puertas, un novillo pretende abrirla, y lo consiguió, cuando las últimas unidades del tren, cruzaban el paso a nivel, con la guardesa saludando impertérrita.

El novillo que había tomado como única salida la ruta de la Alameda, asustado por los gritos y las piedras que le arrojaban los niños desde el Campo de san Roque, y ante los últimos vagones el rápido de Santiago, desvió su carrera  hacia el zanjón de la vía del tren que se hundía en lo que hoy es el Paseo de Colón, perseguido por aquellos niños del Campo de San Roque que no dejaban de arrojarle el balastro que cogían de la vía del tren.
Resultó milagroso que el novillo no tomase el camino de la Alameda que era el más despejado. Los últimos vagones le asustaron y cogió el hueco que dejaba el paso del tren. ¿Se imaginan el espectáculo de un novillo entrando por los paseos de la Alameda, llena de público? Tal vez la banda de música suspendería la interpretación de cualquier zarzuela, y haría sonar un castizo pasodoble taurino, animando el despavorido huir de los asustados paseantes. Pero los últimos vagones del rápido de Santiago no se lo permitieron y la historia Pontevedresa quedó huérfana de un acontecimiento divertido y tal vez trágico, aunque no queremos exagerar porque el tal novillo, no de gran alzada, solo asustaría a los paseantes.

El joven toro detuvo su huida por las vías del ferrocarril y en la Junquera del Bao. Allí “Barquerito”, nuestra gloria local taurina y otros aficionados, se hicieron con él y lo volvieron a la plaza de toros de Pontevedra en donde se lidió varios días después.”

Barquerito.Torero Pontevedrés

Barquerito.Torero Pontevedrés

Sabino Torres Ferrer

Sabino Torres Ferrer

Sabino Torres Ferrer (Pontevedra, 1924) comenzó su actividad periodística en Pontevedra en 1943 en la Revista Finisterre junto con Emilio Canda e Celso Emilio Ferreiro. En 1949 coa colaboración de Manuel Cuña Novás e Emilio Álvarez Negreira editó la colección poética Benito Soto cuyo primer director fue Celso Emilio Ferreiro. En 1952 fue nominado miembro correspondiente de la Real Academia Gallega. En 1953 creó el semanario Litoral, del que fue además de editor, redactor-jefe y subdirector. En 1992 con Emilio Álvarez Negreira fundó la colección poética Hipocampo Amigo que continúa editando poesía.
Torres continuó su labor de editor en el año 52 con el famoso periódico El Litoral, que al final acabó en manos de la familia Dominguín, sí, la de los toreros. «Terminó siendo un periódico muy interesante, porque Domingo Dominguín era comunista», apunta.

Publicó los libros Cuaderno de Carmen (1949), Ondas do mar conmigo (1997), Trovas de Nadal (1999), Xograría nova (2000) e Intres de soidade (2001).

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