Posted On 17/03/2012 By In Desarrollo With 1269 Views

Fallas 2012/ Padilla torea al ralentí y generosa puerta grande para Manzanares y Talavante

Plaza de toros de Valencia, 16 de marzo de 2012. Séptima de la Feria de Fallas. Toros de Garcigrande (3º, 5º) , Domingo Hernández (1º, 2º y 4º)y Parladé (6º como sobrero tras ser devuelto otro del mismo hierro), bajos de presencia y anovillados, de nota el segundo; para Juan José Padilla (oreja tras aviso y ovación), José María Manzanares (dos orejas y ovación tras aviso) y Alejandro Talavante (orejas y oreja tras aviso). Lleno de no hay billetes (11.000 personas).

Juan José Padilla dio un paso más en su demostración de torería, en la lección humilde que lleva impartiendo desde que un toro en Zaragoza le partiese la cara. Torero de una pieza, curtido en mil batallas, al que ahora le ha llegado la hora de disfrutar. Un dato: esta de Garcigrande (por Domingo Hernández no me viene nada) ha sido la segunda de este hierro que mataba en los últimos diez años. Y es que el precio de la gloría para algunos es muy caro. Pero sin rencor, oiga, que eso también es signo de distinción y torería.

Por eso Padilla ha vuelto y la verdad es que nunca se fue. Ha vuelto como lo que era, con los mismos signos que ha llevado siempre por bandera, pero esta vez sin los atragantones a los que estaba acostumbrado. Por eso merece esto y más.

Toda una novedad para él, digo yo, eso de que una corrida en la que está anunciado dé problemas en el reconocimiento, que haya baile de corrales y el sainete típico de cuando se anuncian las figuras. Porque la de Garcigrande y Domingo Hernández bailó. Varias decenas fueron invitadas al baile para al final tener que invitar, además, a uno de Parladé y dejar, después de todo, el listón de la presentación bastante bajo. Cosas del G10, que, de tanto cuidar su imagen, se olvidaron de la del toro y no encontraron una corrida completa a principios de temporada que pasará el corte veterinario de València.

Predominaron las hechuras anovilladas, las caritas lavadas y poco ofensivas, y un contenido sin mayores imprevistos a salvar. El toro moderno, vaya… y la fiesta de las superficialidades. Tanto que la única ovación de verdad en toda la tarde fue para el monosabio que sujetó, valiente, al caballo del morro una vez que el piquero había sido derribado en caída de latiguillo y el quinto toro seguía empujando. ¡Bravo por ese monosabio!

Del lote se salvaron por presentación los dos primeros y por argumento, sobre todo, el segundo. Toro de dulce desde el minuto uno, y además bravo. Se llamaba ‘Amador’, llevaba el hierro de Domingo Hernández y era de pelo castaño, acarameladito de cuerna, con trapío suficiente y una embestida humillada y repetidora.  En varas apretó, oiga. Y matuvo un son y tranco excelente.

Cayó en manos de Manzanares. La primera tanda de probatura fue tirada a la basura, con la izquierda no hubo acople y el toro llegó incluso a sorprenderle. Que los toros de dulce también atosigan de vez en cuando. Otra en redondo la solventó con un cambio de mano y un circular. Luego vino un paseo para respirar toro y torero. Y siguieron dos tandas, las definitivas. Dos tandas y nada más que vinieron a culminar la faena.

En el centro del platillo, en redondo, el toreo surgió ligado y con el sello personal de Manzanares. Demasiado breves las dos series, muy engarzadas eso sí. Fueron la cima en lo que a toreo se refiere en toda la tarde. Tres y el de pecho. Y un espadazo en los medios en la suerte de recibir que fue un monumento. El presidente soltó las dos orejas de tacada y hubo quien quería llevarse al toro ‘Amador’ para casa. Seguro que en sueños todavía sigue embistiendo, porque esas dos tandas hondas en redondo, profundas y ligadas, pero demasiado breves, resultaron demasiado poco para tan buen toro.

La tarde, feliz y triunfalista, de plaza llena y muy fallera jugando a favor de corriente. Era el cartel estrella de la feria y entre el público no cabía otra idea que pasarlo bien, que lo que saliera por chiqueros se dejara y que se cortaran cuantas más orejas mejor y los espadas triunfaran. Y al final, cinco orejas, Manzanares y Talavante por la puerta grande, y Padilla despedido como un héroe.

La bienvenida a Juan José Padilla fue una ovación cerrada y emotiva al romper el paseíllo. El ciclón anduvo dispuesto y sobrado, sin dar pena ninguna. A gorrazos con su primero. En banderillas, como solía. Sobrado de facultades encontrando toro en todos los terrenos: cuarteando, de dentro a fuera y al violín.

Toro noble, bien hecho y cogido con alfileres. Dos volantines se pegó; uno de salida y otro al inicio de faena. Eso le mermó más todavía las fuerzas, pero no su calidad. Toro de embestida pastueña y por abajó. Templó Padilla con gusto en redondo y los naturales, casi de uno en uno, le salieron dibujados y al ralentí. Poderlo hacer ahora es su premio, mayor que todas las puertas grandes juntas. Dejó una estocada que el toro aguantó hasta el último suspiro y fue premiado con una oreja.

El cuarto no tuvo gracia. Padilla lo recibió con una larga en el tercio, pero el toro, descastado y sin clase, no estaba para florituras. Decidió no poner banderillas y aun así tuvo que escuchar como el público se las pidió. No escatimó en voluntad el jerezano, pero no había más.

El quinto, para Manzanares, salvo la puntualización de la gran actuación del monosabio, no tuvo mayores emociones. Descastado, soso y al final escarbador y muy quedado, no dio opciones al lucimiento. Intentó al menos matarlo bien en terrenos fuera de toda lógica: los medios no eran sitio de cuadrar al manso; y pinchó en dos ocasiones al volapié antes de otra gran estocada.

Alejandro Talavante nadó a favor de corriente sin demasiadas profundidades. Lo mejor lo hizo con el mansote y anovillado tercero, que tras salir del peto no hizo demasiado caso a capotes. Talavante inició la faena por alto y en una de esas, el toro, que no había sentido especial predilección por las telas, por poco lo arrolla por el izquierdo. Con la diestra consiguió meterlo en la muleta pese a la poco voluntad del animal. Faena templada y con detalles sorprendentes, un tanto eléctricos y que Talavante ha hecho propios. Sobre todo en los remates. Ese intento de arrucina que solventó cambiando por uno de las flores andándole toreramente. El mérito de Talavante, sujetar al toro que quería irse, escarbaba y embestía sin ningún celo. Al tomar zurda se le vino otra vez encima y solventó con una a derechas en la que lo cambió por la espalda y cerró por manoletinas. Fino a espadas, se llevó la primera oreja.

La otra caería del sobrero burraquito de Parladé, que salió sustituyendo a uno del mismo hierro que se había partido el cuerno por la cepa. Hechuras de novillejo impresentable y sin clase ninguna, vulgar en su embestida pero lo suficiente para que aquello valiese para una oreja barata y la fiesta fuera mayor con una doble puerta grande que contar. Lo mejor, sin duda, el ajustado inicio por estatuarios en los medios rematado con un molinete y otro de pecho. Los naturales y derechazos salieron poco profundos y el sabor al guiso Talavante lo puso utilizando el factor sorpresa pasándose al toro por la espalda en medio de una plaza ya lanzada con ganas de culminar su gran fiesta mientras los cubatas derramándose. Estocada, generosa oreja y puerta grande.

La fiesta fue feliz aunque toreo del bueno se había visto poco.

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