Posted On 05/08/2019 By In headline, Reportajes, SlideInicio With 340 Views

¡Fiesta!

            Porque en torno a ella, a la fiesta en general, se reunió la afición taurina de Pontevedra que pudo acudir al coso de San Roque para vislumbrar el futuro de la tauromaquia que hoy, primer sábado de agosto, se presentaba en forma de novilleros sin picadores. Y el disfrute fue máximo gracias a la voluntad, las ganas y el acierto de estos actuantes llenos de ilusión.

Alberto Garijo. Escuela Taurina de Albacete.

Carla Otero. Escuela Taurina de Guadalajara.

Manuel Caballero. Escuela Taurina de Albacete.

            Los animales, ninguno con dos años cumplidos, fueron de las ganaderías de El Cortijillo y Hermanos Lozano, propiedad ambas de estos últimos.

            Repito que en estos actos conviene solo centrarse en el ambiente festivo y en las ganas mostradas, con acierto y buen gusto, por los actuantes y no en los defectos que pudieran haber cometido, propios de su edad e inexperiencia. Nota muy alta para los tres en resumen.

            Por la puerta grande del corazón de los asistentes entró Carla Otero, 15 años, que mostró una clase y una torería muy superiores a las exigidas a una aprendiz de su edad. De primero se bebió un Mojito que le supo a poco, muy por encima la alcarreña. Brillantes verónicas de saludo muy valoradas y coreadas por el público dieron paso a dos tremendos pares de riesgo (primero y tercero) para a continuación brindar al empresario de esta plaza Eduardo Lozano. Comenzó por estatuarios y de la faena nos quedan el gusto, el saber estar y la elegancia. Una lección bien aprendida por parte de quien ya se comporta como alumna de cursos superiores.

            La lidia al quinto de la tarde comenzó con ella de rodillas y el público en pie. El quite es esta vez con el capote a la espalda y con la muleta la sensación generada es que no duda, valor a raudales. Se llevó una cogida con buen golpe pero, sin mirarse, ya estaba de nuevo en la cara del becerro, bonito de lámina, por cierto. La forma en que coge la muleta y se trae toreados a los astados es de recordar, clase y categoría a raudales. Valor seco. ¿Qué más se puede pedir? La segunda oreja, me contestó el público con fuerte petición. Con una se tuvo que conformar Carla.

            Abanto salió el tercero y su comportamiento cambió a fijo en la muleta de Manuel Caballero, hijo del torero del mismo nombre. Firme el toque, la llamada, sin adornos ni fuegos artificiales innecesarios ante una embestida irregular que supo contrarrestar con oficio y maneras hasta cortarle una oreja.

            El detalle llegó en el sexto, brindó al herido Alberto Garijo quien ya no estaba en la plaza y sí en la consulta del oftalmólogo. Sombrero depositado en una columna de la barrera. Con el compañerismo se nace, eso parece. Pelillos a la mar, no mencionaremos siquiera que se le vio más nervioso en este cierre de tarde. Quítame allá esas pajas, ni recordar que era un manojo de nervios presto a acudir a la cara del añojo por más que desde el callejón, padre incluido, se le conminase una y otra vez a darle espacio y tiempo, cosa que no hizo. Encastado el último, quizá lo apretó en demasía en lugar de alargar la faena lo que no le permitió el lucimiento y sí acabar pronto, dos horas exactas, cosa que se agradece.

            La peor suerte y el peor parado fue Garijo. Comenzó su primera actuación estático, con los pies juntos en el centro. Se llevó un susto en forma de cogida y en los dos intentos en la suerte suprema también salió cogido.

            En el cuarto, aún no se habían conocido cuando el extremo de una banderilla viajó certero al ojo del novillero propinándole un gran golpe del que se quejaba que no veía. Con mucho dolor y lágrimas pasó a la enfermería y de ahí al hospital, precaución siempre. Contusión sí pero ya veía en presencia de los doctores de la plaza.

            No se perdió nada, un manso de libro de marcada querencia y escapando marcha atrás de su matadora.

            Diversión asegurada, continuó de noche en el mismo ruedo para que no parase la fiesta.

Texto y fotos: Finito de Teis

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